¿Qué significa estar sano? La pregunta parece sencilla hasta que se la mira desde otra tradición. Para el pensamiento médico contemporáneo, la enfermedad suele identificarse a partir de síntomas, diagnósticos, alteraciones físicas o estados psicológicos. Pero en la tradición shuar que describe Arutam Ruyman, Chamán, Uwishin y también practicante y profesor de medicina china, existe otra puerta de entrada: la presencia de la energía vital, la relación con el espíritu y la capacidad de una persona para sentirse nuevamente conectada con la vida.
Su reflexión parte de una experiencia concreta. Al centro Cumbres de Arutam llegan personas atravesadas por la tristeza, la pérdida de motivación o lo que ellas mismas reconocen como depresión. Desde la mirada shuar que Ruyman transmite, ese estado no se entiende solamente como un trastorno mental. Se interpreta como una pérdida de presencia del Espíritu, de esa “energía de vida” que permite sentir deseo de vivir, curiosidad, alegría y conexión con el mundo.
La diferencia no es solamente terminológica. Cambia también la manera de pensar qué significa sanar.
Cuando la vida parece apagarse
Ruymán utiliza una imagen sencilla para explicar algo difícil de nombrar. Pregunta qué ocurría cuando éramos niños y algo nos entristecía. Podíamos sentirnos mal porque alguien nos había quitado un juguete, pero, según su recuerdo, la tristeza duraba poco. Después volvíamos a jugar, a maravillarnos con una hoja, un insecto o una broma.
Para él, recuperar la salud implica recuperar justamente esa capacidad de asombro. No se trata de negar el dolor ni de afirmar que las personas deberían estar siempre felices, sino de pensar la vida como una fuerza que puede apagarse o recuperar su intensidad.
Desde esa perspectiva, la pérdida del espíritu tiene consecuencias que atraviesan distintos planos: el cuerpo, la mente y la dimensión psicológica. La salud no aparece dividida en compartimentos. Una persona con poca energía vital tendría menos recursos para responder física y emocionalmente a lo que le sucede.
El planteo de Ruymán también cuestiona una expectativa muy extendida en las sociedades modernas: que todo problema debe encontrar una solución técnica específica. Él mismo cuenta que durante años trabajó como acupunturista y profesor de medicina china y que muchas personas llegaban a su consulta esperando que unas agujas resolvieran su depresión.
No rechaza la acupuntura. Al contrario, reconoce que puede ayudar. Pero formula otra pregunta: ¿qué sucede cuando la persona está tan agotada que casi no queda energía disponible sobre la cual trabajar?
Más que estimular: recuperar la fuente
La metáfora que aparece entonces es la de una reserva de agua. Las agujas pueden ayudar a ordenar o movilizar la energía existente, pero, según su razonamiento, no necesariamente permiten recuperar aquello que se ha perdido en profundidad. Para eso haría falta “la gracia de Arutam”, una renovación del flujo vital.
Es allí donde ubica el papel del Chamanismo y de la ayahuasca, que en la tradición shuar recibe el nombre de Natem. Su explicación es espiritual y experiencial: la bebida ayudaría porque permitiría reconectar a la persona con la “fuente de la vida”.
En sus palabras, esa reconexión puede tener repercusiones físicas y emocionales. El cuerpo recuperaría capacidad de respuesta, la mente podría iluminarse y el corazón volvería a experimentar alegría. Ruymán no presenta esto como una fórmula universal. Repite que ha observado lo que considera experiencias transformadoras en algunas personas, no en todas, y habla desde más de dos décadas de práctica dentro de este camino.
Esa aclaración es importante. Lo que aparece en su testimonio no es una explicación médica basada en los criterios de la medicina occidental, sino una interpretación construida desde su formación en medicina china y desde su incorporación al chamanismo shuar. Él mismo marca esa diferencia y evita hablar en nombre de profesionales de la medicina occidental.
La selva como escuela
Una de las experiencias que, según Ruymán, modificó profundamente su manera de entender la salud ocurrió cuando llegó por primera vez a la selva. Allí lo sorprendió encontrar ancianos de alrededor de ochenta años que, según su relato, seguían trabajando, caminando por el monte y riéndose con una vitalidad que él no esperaba.
La escena le provocó una comparación incómoda: él era mucho más joven, pero se sentía a veces triste y encontraba dificultades en cosas que hacía. ¿Cómo podían personas mucho mayores vivir de esa manera?
Una de sus inspiraciones la obtuvo de la respuesta de uno de sus mayores, el tío Nunink, a quien le formuló esa pregunta. “¿Se enferma el tigre?”, le respondió.
La frase funcionó como una enseñanza. No se trataba de una explicación científica sobre las enfermedades de los animales, sino de una manera distinta de concebir la relación entre vida, naturaleza e instinto. El animal nace con un conocimiento que no necesitó aprender en una universidad. Se cuida, reconoce lo que siente y confía en sus instintos.
A partir de esa experiencia comenzó a revisar una idea muy arraigada en su propia vida: que para comprender algo verdaderamente importante todo debía ser complicado. Pensaba que siempre habría que buscar una respuesta nueva, estudiar más, descubrir algo que todavía no se conocía.
Sus mayores le plantearon otra cosa: no había necesariamente que “traer” el conocimiento desde afuera. El conocimiento podía estar ya dentro de la persona. En ese sentido, la enseñanza no consistía solamente en transmitir información, sino en ayudar a que cada individuo encontrara una verdad propia.
Una ceremonia que también es aprendizaje
Esta idea permite comprender por qué, en el relato de Ruyman, la ayahuasca no aparece únicamente como una planta utilizada con fines curativos. La ceremonia es presentada también como una experiencia educativa.
En su explicación, los mayores no “escriben libros” para transmitir todo lo que saben. Enseñan de otra manera: generando experiencias que permitan al aprendiz reconocer algo por sí mismo.
Por eso define la ceremonia como una combinación de medicina, salud mental y educación. No son tres actividades separadas, sino dimensiones que pueden ocurrir simultáneamente dentro de una misma experiencia.
En ese contexto adquiere especial importancia el canto, los encantamientos que el mundo hispanohablante suele llamar ícaros. Para Ruyman, en la tradición shuar estos cantos no cumplen simplemente una función estética. Son una parte esencial de la ceremonia porque participan de la transmisión de una experiencia.
La voz que despierta a la “bestia”
El chamán, o Uwishin, bebe Natem y permanece un tiempo a solas. En el relato de Ruyman, ese momento le permite unirse con Arutam, el creador, y convertirse en un canal a través del cual esa presencia puede fluir.
Aquí aparece una de las imágenes más poderosas de su explicación: la “bestia”, el animal interior que cada persona lleva dentro y que puede estar debilitado, dormido o desconectado de su fuerza.
El canto del chamán actuaría como una llamada. Una bestia reconoce a otra. La voz de quien está conectado con la fuente de la vida despierta aquello que permanece dormido en quien escucha. El cuerpo puede temblar, las visiones pueden aparecer y la experiencia puede adquirir una intensidad particular.
Más allá de tomar literalmente esta imagen, la metáfora permite comprender una idea central del pensamiento que Ruyman intenta transmitir: sanar no consiste solamente en quitar un síntoma. También puede significar volver a entrar en contacto con una parte profunda de uno mismo.
Los cantos, entonces, serían una forma de recordar. No de agregar algo externo, sino de despertar una naturaleza que ya estaba allí.
Primero la vida, después el tratamiento
La última parte de su reflexión vuelve sobre la medicina china. Ruymán establece una diferencia entre dos personas que llegan a buscar ayuda.
La primera está agotada, sin motivación, sin energía y profundamente desconectada de sí misma. En esas condiciones, según su experiencia, las herramientas de la acupuntura o de las plantas pueden ofrecer resultados limitados.
La segunda ya llega con más energía vital, quizá después de haber participado en varias ceremonias. Está más abierta, mantiene una relación distinta con el espíritu y tiene, en palabras de Ruymán, más “vida” circulando por sus canales.
En ese caso, una aguja o unas pocas plantas pueden producir una respuesta mucho más significativa. La herramienta terapéutica sigue siendo importante, pero aparece después de otra condición considerada fundamental: que exista energía con la que trabajar.
La idea resume buena parte de su recorrido personal. Comenzó como médico de medicina china y sintió que había algo que sus herramientas no alcanzaban a explicar. Fue el encuentro con el chamanismo shuar, dice, lo que “salvó” su profesión y lo convirtió en un mejor ayudante para las personas.
Una invitación a pensar la salud de otra manera
El testimonio de Ruymán propone, sobre todo, una transformación de la pregunta. En lugar de comenzar por “¿qué enfermedad tengo?”, invita a preguntar “¿qué relación tengo con la vida?”.
Desde la perspectiva que transmite, la salud no es solamente la ausencia de enfermedad. Es vitalidad, alegría, capacidad de adaptación, conexión con el entorno y contacto con una dimensión espiritual. La enfermedad aparece, en cambio, cuando esa relación se debilita.
Estas ideas pertenecen a una tradición específica y deben ser comprendidas dentro de ese marco cultural. El testimonio no pretende reemplazar diagnósticos o tratamientos de la medicina occidental y tampoco ofrece una explicación médica universal. Su valor está en mostrar que existen otras maneras de nombrar el sufrimiento, la salud y la recuperación.
Tal vez por eso la pregunta “¿Se enferma el tigre?” resulta tan potente. No porque tenga una respuesta literal, sino porque obliga a mirar de nuevo aquello que damos por sentado.
Quizás la enseñanza no sea que debemos vivir como los animales ni que toda enfermedad pueda resolverse recuperando una supuesta energía perdida. La invitación es más profunda: preguntarnos cuánto de nuestra vida transcurre desconectado del cuerpo, de la naturaleza, de nuestros instintos, de los demás y de aquello que cada cultura reconoce como sagrado.
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